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Habia sonado la una de la manana en el reloj de la Intendencia, y parecia ya, por lo tranquilo de aquella noche, que nada ven tiria a perturbar el reposado sueno en que los laboriosos habitantes de la metrópoli comercial del Pacifico descansaban de las rudas tareas del diaOyóse de pronto el tradicional pitio de un policial al que sucede el tanido de la campanas que en todos los cuarteles de la ciudad llaman al abnegado bombero al cumplimiento de su deber.Cual si hubiera sitio esta una senal magica, al tranquilo silencio rio aquella noche de invierno, sucédese un extraordinario movimiento. Voluntarios que a toda prisa pasan abandonan, unos el abrigado lecho, otros el aristocratico salón de animada tertulia, y vuelan a sus casas en busca de alguna insignia de su misión para correr en seguida a sus cuarteles; bombas que han partido ya con presura al lugar amargado auxiliares que olvidando e] cansancio producido por la fatigosa labor del dia, acuden agiles a secundar a sus oficiales; muchachos y hombres del pueblo que ocurren a prestar el contingente de sus brazos para arrastrar las pesadas maquinas que evitan la destrucción, a diferencia de otras que la realizan; aqui un carruaje que es uncido a la palanca de la bomba y ayudan a arrastrarla; mas alla un grupo de alegre jóvenes pie al salir de su club se unen al número de los entusiastas salvadores de la propiedad y también les prestan el concurso de sus brazos; por todas partes la agitación, el ruido, el movimiento, cual si la ciudad hubiera despertado sobresaltada a influjo de algún golpe eléctrico. Luego, a medida que va aproximandose al lugar amenazado, vanse también distinguiendo alli bomberos de todas las nacionalidades, uniformes de diversos colores y variedades; y pasan en rapido desfile, se confunden y se agrupan, y se estrechan, las ensacas rojas con las azules, los cascos de bronce con los de reluciente cuero; y se codean, y se empujan, y so mezclan con la admirable confraternidad del deber, ingleses y chilenos, italianos, alemanes y franceses.